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MARIO FIANDRI: «UNO TIENE QUE FLORECER DONDE DIOS LO SIEMBRA» MÁS DE MEDIO SIGLO DE MISIÓN ENTRE ITALIA Y GUATEMALA

Llegó a Centroamérica con la mirada puesta en Filipinas, pero un cambio de destino lo condujo a Guatemala, donde ha desarrollado más de medio siglo de misión. Salesiano, educador y obispo de Petén, Mario Fiandri conversa con La Gazzetta sobre Italia, Guatemala, la educación y la convicción que ha guiado su vida: florecer allí donde Dios lo
siembra.

Monseñor, usted nació en Italia, pero ha vivido la mayor parte de su vida en Centroamérica. ¿Qué momento considera decisivo en ese recorrido?

El momento decisivo fue descubrir dentro de mí el deseo de ser misionero. Yo no vine a Guatemala para conocer Guatemala; de hecho, no sabía nada del país. Mi destino era Filipinas, pero un cambio de superiores hizo que me dijeran: «O vas a Centroamérica o no vas a ningún lado». Eran otros tiempos. Uno obedecía.

¿Cómo recuerda aquellos primeros años?

Llegué a Guatemala en 1975. Ya hablaba español porque me había preparado para la
misión. Poco después me enviaron a Nicaragua, donde viví una experiencia que todavía llevo muy dentro.

Allí conocí un pueblo extraordinariamente generoso. Vivimos los años de la guerra, primero con esperanza y luego con una gran decepción. Cuando me expulsaron en 1984 sufrí mucho. Pero comprendí que había llegado el momento de comenzar de nuevo. Siempre recuerdo un viejo refrán judío: «Uno tiene que florecer donde Dios lo siembra». Creo que Dios primero me sembró en Nicaragua y después en Guatemala.

¿Qué encontró en Guatemala para convertirla en su casa?

Nunca me ha costado adaptarme a los lugares donde me han enviado. En más de cincuenta años de vida salesiana solo he pertenecido a tres comunidades y nunca salí de una por decisión propia. Siempre fue la obediencia la que me pidió comenzar otra misión. Por eso digo que no tengo nada que reclamarle a Dios. Al contrario. Me ha regalado una
vida feliz. Y cuando digo feliz no quiero decir fácil. Ha habido momentos muy duros, pero también muchísimas personas buenas que han enriquecido mi vida.

Después de tantos años, ¿cómo ve hoy a Guatemala?

Es un país hermoso, con una enorme riqueza cultural e histórica, pero también muy complejo. Todavía arrastra problemas graves como la pobreza, el analfabetismo y una discriminación que muchas veces resulta evidente. Al mismo tiempo, he encontrado personas extraordinariamente generosas. Hay mucha gente que trabaja silenciosamente por los demás y eso sostiene al país. Siempre digo que aprendí a querer profundamente tanto a Nicaragua como a Guatemala. Son pueblos distintos, pero ambos me han enseñado mucho.

Italia ha dado una contribución decisiva a la cultura occidental. ¿Qué cree que puede seguir ofreciendo al mundo?

Italia, como buena parte de Europa, vive un momento difícil. Pero conserva un patrimonio inmenso: su cultura.

Cuando uno piensa en Italia piensa en el arte, la literatura, la música, la arquitectura y una tradición humanista que marcó profundamente a Occidente. Siempre recuerdo aquella frase atribuida a Dostoievski: «La belleza salvará al mundo». Quizá esa siga siendo hoy una de las mayores contribuciones de Italia: recordarnos el valor de la belleza y la dignidad de la persona.

Después de tantos años de ministerio, ¿cómo entiende hoy la misión de un
sacerdote?

El sacerdote nunca debe sentirse dueño de la comunidad. Es el primer responsable, sí, pero la comunidad pertenece a todos.

Uno de los grandes desafíos de la Iglesia es aprender a escuchar, compartir y caminar con los demás. Nadie construye una comunidad solo. Me alegra que el papa León insista precisamente en eso: no hay lugar para líderes solitarios. Todo debe vivirse desde la comunión y la corresponsabilidad.

Gran parte de su vida ha estado dedicada a la educación. ¿Qué significa
educar?

Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Don Bosco decía que lo más
importante no son los edificios ni las estructuras, sino el ambiente que uno logra crear. Por eso siempre he querido que nuestras obras fueran una casa, un lugar donde las personas se sintieran acogidas.

Recuerdo un episodio que me marcó mucho. Después de un viaje, Don Bosco regresó al Oratorio y encontró todo perfectamente organizado, casi como un cuartel. Sin embargo, se echó a llorar y dijo: «Aquí no han entendido quién es Don Bosco». Había orden, pero faltaba familia. Eso nunca lo olvidé.

¿Y esa misma idea vale para la catequesis?

Claro. Muchas veces reducimos la catequesis a enseñar doctrina. Pero la catequesis debería enamorar de Jesucristo.

Si un niño termina la catequesis sabiendo muchas cosas, pero sin haber descubierto a Jesús, entonces hemos fracasado.

Primero está el encuentro; la doctrina viene después.

¿Qué es lo que nunca debería perder el espíritu salesiano?

La cercanía.

Don Bosco puso siempre a las personas en el centro. Muchas veces pensamos que renovar la Iglesia significa hacer actividades nuevas. Yo creo que el verdadero cambio consiste en transformar nuestras relaciones.

Lo importante no es preguntarnos cuántas cosas hacemos, sino cuántas personas ayudamos a crecer.

Después de tantos años, ¿qué sigue extrañando de Italia?
Nací en un pequeño pueblo de Cerdeña y cada vez que regreso me siento profundamente feliz. Allí todavía encuentro personas que conocieron a mis padres y a mis abuelos. Pero también regreso muy feliz a Guatemala.

Nunca he sentido que tuviera que escoger entre un país y otro. Los dos forman parte de mi vida. Eso lo considero una bendición de Dios.

¿Quién marcó su vocación?
Primero, el párroco de mi pueblo. Era un hombre sencillo y profundamente bueno. Todo el mundo lo quería.

Después conocí a un joven salesiano, Rino Bergamin. Jugaba con nosotros, nos escuchaba, nos reunía. Un día pensé: «Yo quisiera ser como él».

Así nació mi vocación.

No porque alguien me convenciera, sino porque encontré un testimonio que me mostró una forma hermosa de vivir.

Con el tiempo comprendí que las vocaciones nacen precisamente así: del ejemplo.

Después de tantos años de servicio, ¿qué le gustaría que permaneciera cuando algún día otros recuerden su paso por Guatemala?

No pienso en grandes obras. Me bastaría con dejar este mundo un poco mejor de como lo encontré. Y, sobre todo, sentir que ayudé, aunque fuera a una sola persona, a ser mejor.

Porque el mundo no cambia de un día para otro. Cambia cuando cambian los corazones.

Eduardo Blandón