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MARIO GALLIO: “VIVIMOS EN UNA TIERRA AMIGA”

Hay vidas en las que Italia y Guatemala dejan de ser únicamente dos lugares en el mapa para convertirse en una misma historia. La de Mario Gallio es una de ellas. Llegó a Guatemala en 1957, cuando apenas tenía 17 años, para colaborar en la instalación de maquinaria italiana y terminó haciendo de este país su casa. Aquí formó una familia, desarrolló una larga trayectoria empresarial y dedicó buena parte de su tiempo al servicio de la comunidad italiana. Conversar con él permite recorrer más de seis décadas de esa presencia en Guatemala, pero también acercarse a algo que interesa particularmente a quienes trabajamos por la lengua y la cultura italiana: la manera en que una identidad puede conservarse, transmitirse a los hijos y convivir, sin contradicción, con el profundo afecto por el país que nos acoge. De eso habla esta conversación: de familia, trabajo, memoria, gratitud y raíces.

 

Mario, tu vida está profundamente vinculada tanto con Italia como con Guatemala. ¿Cómo llegaste a este país?

Vivo en Guatemala desde el 23 de octubre de 1957. Después de la escuela media superior trabajé en Padua en Golfetto, una empresa fabricante de maquinaria para molinos de trigo. En 1956 y 1957 había concluido varios contratos con empresas molineras de Guatemala.

Yo trabajaba en la oficina de exportación y el director me preguntó si quería venir para ayudar a los técnicos que instalarían las máquinas. No tuve mucho tiempo para pensarlo. A mis 17 años dije: «Sí, voy». Y desde entonces estoy aquí.

El trabajo duró aproximadamente dos años y medio. Durante ese tiempo me enamoré en Guatemala de una linda novia que se llama Gladys y que, después de 67 años de matrimonio, sigue siendo mi esposa.

Cuando terminó el trabajo tuve que decidir si regresaba a Italia o me quedaba. Si volvía, debía hacer 24 meses de servicio militar obligatorio. Ya estaba casado y decidí quedarme en Guatemala.

Después trabajé seis años en la Embajada de Italia. Gladys también llegó a trabajar allí. Los dos ganamos un concurso para convertirnos en empleados del Ministerio de Relaciones Exteriores italiano, pero eso suponía aceptar un traslado a La Plata, Argentina.

Ya teníamos dos hijas y queríamos permanecer en Guatemala. Renunciamos. Recuerdo que el embajador nos dijo: «Nunca he conocido a dos irresponsables como ustedes, que renuncian a un empleo del Gobierno italiano». Y aquí nos quedamos.

 

Después de tantos años en Guatemala, ¿qué significa para ti sentirte italiano?

El amor hacia Italia nunca terminó. Al contrario, aumentó porque desde el primer día tuve una relación muy cercana con la comunidad italiana.

El 8 de diciembre de 1957 me presenté en la administración del Club Italiano. Pregunté si podía ser socio de la Asociación Italiana de Beneficencia. La administradora me dijo: «Sí, muchacho. Cuesta tres quetzales. ¿Puedes pagarlos?».

Le dije que sí.

Desde aquel 8 de diciembre de 1957 soy socio de esta institución, a la que quiero mucho.

 

¿Cómo comienza tu trayectoria empresarial en Guatemala?

Después de la Embajada entré como gerente de IVESA, que distribuía Alfa Romeo y posteriormente Mazda. Comencé con cuatro personas, en un local alquilado. El mercado estaba dominado por Toyota y Nissan y había que hacer que Mazda fuera conocido.

Teníamos una ventaja: aquellos automóviles habían sido diseñados por el italiano Bertone. Yo decía: «Está hecho en Japón, pero lo diseñó Bertone». Y así comencé a vender automóviles.

Trabajé allí 16 años. Cuando dejé la empresa tenía alrededor de 110 trabajadores, instalaciones propias, talleres y bodegas.

Llegó un momento en que decidí trabajar para mi propia familia. Pensé: si pude hacerlo bien para otros, ¿por qué no hacerlo para nosotros?

Al principio seguí vendiendo automóviles por mi cuenta, pero el mercado cambió y las ventas comenzaron a descender. Entonces un amigo italiano, Adolfo Borella, me dijo: «¿Quieres dedicarte al comercio? Busca comida y bebida. El hombre necesita comer y beber todos los días».

Ahí nació Plus Markas, en 1988. Mi primera importación fue un contenedor con 400 cajas de pasta y 400 cajas de vino.

 

Introducir productos italianos en Guatemala también supone transmitir una cultura. ¿Fue así en tu experiencia?

Definitivamente. Cuando presentaba una pasta o un vino tenía que explicar de dónde provenía, qué familia lo fabricaba, cuál era su historia. No se trataba únicamente de vender el producto.

Recuerdo que fui a presentarle nuestros productos a don Carlos Paiz. Él llamó a la persona encargada y le dijo que los productos que Mario Gallio presentara debían estar en toda la cadena de almacenes Paiz.

Poco a poco agregamos pasta, vino, aceite de oliva, vinagre, galletas, agua mineral y muchos otros productos.

Hoy nuestra empresa ocupa uno de los primeros lugares en la importación de productos italianos. En pasta importamos alrededor de 350 o 360 toneladas métricas al año. Con San Pellegrino comenzamos con una prueba de 25 cajas y hoy estamos alrededor de tres millones de unidades.

Pero lo importante es que detrás de cada producto hay también una historia y una cultura.

 

¿Qué consejo darías a un joven que hoy quiere construir una empresa?

Que sepa que nada es fácil. Nada es fácil.

Cualquier empresario comenzó poco a poco y fue avanzando. Sobre todo, hay que hacer un trabajo honesto y dirigido al cliente.

Mi consejo es que cada uno escoja aquello que sabe hacer. Puede ser comercio, medicina, arquitectura, leyes o cualquier otra profesión. Si conoce bien lo que hace y trabaja honestamente, los resultados terminarán llegando.

 

Además de tu actividad empresarial, has dedicado muchos años a la comunidad italiana y también has participado en momentos importantes de la vida de Guatemala. ¿De dónde nace ese compromiso?

Desde 1957 nunca he abandonado el Club Italiano. Mis hijos crecieron viniendo aquí. Fui miembro de varias juntas directivas, vicepresidente y finalmente presidente durante seis años.

Pero hay también momentos que uno no olvida. La noche del 4 de febrero de 1976 Guatemala sufrió aquel terrible terremoto que dejó miles de muertos y heridos. En el Comité Fratelli d’Italia comenzamos inmediatamente a recaudar fondos para ayudar a las familias italianas afectadas.

El Comité Nacional de Emergencia, representado por el general Romeo Lucas García, tuvo conocimiento de nuestra labor y nos convocó. La reunión fue breve y directa. Él nos dijo:

Sé que están trabajando y ayudando, y por eso los he llamado aquí: les asigno a ustedes, los italianos, la tarea de reconstruir la ‘Florencia de América’. Sorprendidos, preguntamos a qué se refería y él respondió con una sonrisa: El pueblo de San Juan Comalapa está lleno de artistas y pintores, se le conoce como la ‘Florencia de América’.

Un golpe de suerte nos cayó del cielo: la institución Caritas Italiana buscaba a alguien para ayudar a Guatemala y se comunicó con nosotros. Les dijimos que habíamos aceptado reconstruir San Juan Comalapa. A los pocos días vinieron a ver y convencidos de nuestra honorabilidad y capacidad, nos ayudaron con 838 millones de liras, equivalentes a un millón de dólares.

Con el apoyo de la comunidad italiana recaudamos fondos y construimos 1136 casas, una guardería infantil y un centro de salud; además, reparamos la casa parroquial. Utilizamos materiales y técnicas adecuadas a las condiciones del lugar y a la posibilidad de nuevos movimientos sísmicos.

Lo más lindo es que este año, al cumplirse cincuenta años del terremoto, los pocos sobrevivientes del Comité Fratelli d’Italia fuimos invitados por el arquitecto Jorge Mario Cordón López y por Giuseppe Ceschia, quien dirigió los trabajos. Nos hicieron un reconocimiento muy emotivo y nos entregaron un diploma firmado por los miembros de la Alcaldía Ancestral de San Juan Comalapa. Muchos de los presentes todavía se acordaban de nosotros y del trabajo realizado.

Ese mismo espíritu ha acompañado mi relación con el Club Italiano. Siempre procuré trabajar con los demás directores de manera cortés y amable, buscando su colaboración. También he tenido oportunidad de contribuir económicamente con algunos proyectos del Club.

¿Por qué hacerlo? Porque si vivimos aquí y podemos brindar una ayuda, ¿por qué no hacerlo?

Lo he hecho por el amor que tengo a la comunidad italiana y también por el agradecimiento que siento hacia Guatemala.

 

Durante tu presidencia en el Com.It.Es. se concretó Terra Amica. ¿Qué significó aquel proyecto?

Terra Amica fue un sueño: dejar escrita la historia de la comunidad italiana en Guatemala.

El embajador Eduardo Pucci nos dijo que era tiempo de dejar por escrito lo que durante tantos años los italianos habían hecho en Guatemala y consiguió un aporte del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia.

Eleonora Meneghetti, Matteo Cattaneo, Benedetta Poggio y yo asumimos el proyecto. Trabajamos durante tres años. Nos reuníamos todas las semanas y buscábamos información sobre la presencia italiana. Muchas familias colaboraron y también investigamos en el Archivo General de Centro América.

Cuando llegó el momento de ponerle nombre al libro nos hicimos una pregunta: vivimos en Guatemala, somos italianos y este país nos ha tratado bien. Nuestras familias viven aquí, nuestros hijos han nacido y estudiado aquí. Guatemala ha sido un país hospitalario.

Entonces surgió el nombre: Terra Amica.

La portada representa también esa unión, con el mapa de Guatemala y los colores de Guatemala y de Italia.

Hicimos 900 ejemplares y duraron muy poco. Ahora pensamos que sería conveniente una segunda edición porque continuamente nos preguntan dónde puede comprarse.

 

Quienes hoy llevamos adelante instituciones italianas nos preguntamos cómo acercar a las nuevas generaciones a Italia. ¿Qué deberíamos hacer?

Voy a darte el ejemplo de mi familia. Tengo tres hijos nacidos en Guatemala, cinco nietos y ahora una bisnieta. A todos mis hijos y nietos los he llevado a Italia. Mi bisnieta Valentina, que acaba de cumplir un año, también ha ido y a los tres meses ya tenía pasaporte italiano.

¿Por qué? Porque las raíces italianas las he transmitido a toda mi familia.

No debemos olvidar el origen. Debemos continuar con nuestra cultura italiana aun viviendo en Guatemala, porque son dos culturas que pueden vivir conjuntamente, no en oposición, sino como amigas. Exactamente como dice el nombre Terra Amica.

Yo sigo viajando a Italia por lo menos una vez al año. Me gusta especialmente conocer los pequeños pueblos, los borghi, porque allí se encuentra una parte muy importante de la vida italiana.

Nací en Thiene, en la provincia de Vicenza. En el Véneto todos hablábamos dialecto véneto. Recuerdo todavía que, al comenzar la escuela primaria, el maestro nos dijo: «Dialetto, basta. Adesso solo italiano».

 

Después de una vida dedicada a la empresa, a tu familia y a la comunidad italiana, ¿qué te gustaría que quedara de Mario Gallio en Guatemala?

Me haces una pregunta sumamente difícil.

Espero que de todo lo que he hecho en Guatemala —en el comercio, en las actividades sociales y en las muchísimas amistades guatemaltecas que tengo— quede aquello que siempre me interesó: dejar un nombre limpio, sano, para mí y, sobre todo, para mi familia.

Ese es también el deseo que quisiera transmitir a toda la comunidad italiana de Guatemala: dejen su nombre limpio.

Somos gente de bien. Vinimos a un país que nos acogió y debemos ser respetuosos de esa amistad.

 

Por Eduardo Blandón