Este 4 de octubre Italia celebra por primera vez después de casi medio siglo como fiesta nacional el día de san Francisco de Asís – patrono de Italia junto con Santa Catalina de Siena – después de que una ley recientemente aprobada restituyera oficialmente esta fecha en el calendario civil. No deja de ser significativo que, en una época marcada por el materialismo y por una relación cada vez más desequilibrada con la naturaleza, Italia haya elegido como símbolo a un hombre que, hace ocho siglos, hizo de la austeridad, la fraternidad y la relación con la creación el centro de su existencia.
Giovanni di Pietro di Bernardone nació en Asís en 1181 o 1182, en una familia acomodada de comerciantes. Era un periodo histórico en que la economía seguía teniendo su base fundamental en el sistema feudal, sin embargo, los burgueses (artesanos, mercaderes, profesionales liberales y hombres de negocios) comenzaban a tener posibilidades de ascenso social, y el comercio y la banca crecían dominados por el constante afán de lucro. La Iglesia católica, protagonista de ese tiempo, también se vio influida por la nueva riqueza y arreciaban las críticas hacia muchos de sus ministros, preocupados más por el crecimiento patrimonial y sus relaciones políticas de conveniencia. Debido a ello, surgieron diversos movimientos religiosos que rechazaban la creciente opulencia de la jerarquía eclesiástica y se dedicaron a vivir una vida más apegada a las enseñanzas y el ejemplo de Jesús.
Es en este contexto que Francisco, tras haber vivido una juventud bastante convencional, comenzó a experimentar una profunda transformación interior que lo llevó a abandonar progresivamente las expectativas familiares y sociales que parecían trazadas para él y a emprender un camino de intensa búsqueda existencial. Pronto algunos compañeros se unieron a él y nació así una fraternidad que no se proponía simplemente retirarse del mundo, como otras comunidades monásticas estaban haciendo, sino vivir en medio de él, renunciando a los bienes propios, trabajando y predicando, en una relación directa con los más necesitados y la gente común. En 1209 Francisco obtuvo del papa Inocencio III la aprobación de la primera regla de los Hermanos Menores y sus seguidores fueron conocidos con el nombre genérico de «monjes mendicantes». Aquella pequeña comunidad se convertiría en una de las grandes órdenes religiosas de la historia europea. Francisco murió en 1226, a los 44 años.
Lo extraordinario de Francisco no consiste solamente en aquello que hizo, sino en la radicalidad con que respondió a una llamada interior. En este sentido, su figura puede acercarse a la de otros grandes iluminados de la historia de la espiritualidad. Como el príncipe Siddharta, quien abandona palacio, esposa e hijo para buscar respuestas al sufrimiento humano, o como Jesús, que antepone las «cosas de Dios» a las expectativas de sus proprios padres, Francisco rompe con las condiciones “sugeridas” por su entorno cultual y familiar para emprender una búsqueda que considera más fundamental respecto a las seguridades de la vida convencional.
Su renuncia radical a los bienes materiales tampoco debe entenderse simplemente como desprecio de las riquezas o de la vida mundana. Representa más bien una fundamental experiencia de desapego: una invitación a no quedar atrapados por aquello que poseemos, por lo que los demás esperan de nosotros o por nuestra propia imagen. En este sentido, Francisco encarna una idea de libertad muy distante de la que predomina en la sociedad contemporánea, no la libertad “para” hacer lo que queremos, sino libertad “de” aquello que a menudo ocupa compulsivamente nuestras mentes y nos impide ver con claridad nuestro camino. Una libertad que permite acercarnos a una dimensión más esencial y, desde una perspectiva espiritual, a nuestra naturaleza más profunda. A esta dimensión Francisco, al igual que todo contemplativo, accedía a través de imprescindibles periodos de retiro: su acción nunca estuvo separada del retiro, y el silencio y la soledad eran el espacio desde el cual podía volver al mundo con una mirada renovada.
Una expresión extraordinaria del recorrido contemplativo de Francisco es la composición del “Cantico dei Cantici”, considerado como uno de los primeros grandes textos poéticos de la literatura italiana en lengua vernácula. El sol, la luna, el agua, el fuego y la tierra aparecen como hermanos y hermanas, no como objetos puestos al servicio del hombre. Francisco expresa así una relación con la naturaleza que encontramos por ejemplo en numerosas culturas indígenas: la conciencia de formar parte de un mundo vivo con el cual entretener una relación de respeto y armonía. En una cultura que ha convertido la naturaleza en recurso, esta intuición conserva una sorprendente actualidad.
El carácter revolucionario de la obra de Francisco tuvo una de sus expresiones más altas en el haber inspirado y apoyado las aspiraciones de una nueva comunidad religiosa femenina encabezada por Clara de Asís, quien quiso llevar a sus últimas consecuencias el nuevo ideal franciscano de pobreza evangélica, fundando la orden de las Clarisas, que aspiraba a vivir sin propiedad y dedicada a la oración, el trabajo y la contemplación.
Contemporáneo de Francisco fue Giotto, uno de los grandes iniciadores de la renovación artística que desembocaría en el Renacimiento. En la basílica de Asís, un extraordinario ciclo de frescos dedicado a la vida de Francisco dio forma visible a una nueva manera de representar lo sagrado: más humana, esencial y cercana. Siete siglos después, en 1986, la misma basílica fue escenario de otro acontecimiento innovador de alcance universal: el Papa Juan Pablo II convocó allí a representantes de distintas religiones y tradiciones espirituales para rezar juntos por la paz. Nacía el llamado «Espíritu de Asís», una iniciativa que año con año se ha ido replicando hasta nuestros días.
Cuando se celebran los 800 años de su muerte, la de Francisco de Asís sigue siendo una figura imprescindible en el panorama de los grandes maestros de la espiritualidad.
Matteo Cattaneo